jueves, 6 de febrero de 2014

Algo llano, para empezar

    - ¡Pero corre, que no llegamos!

     Estamos en el aeropuerto de Barajas, empujando los carritos donde van nuestras bicis (que van empaquetadas como si no les tuviéramos ningún aprecio) como alma que lleva el diablo. No llegamos, vamos a perder el avión, hemos salido muy tarde de casa... por si fuera poco, hemos perdido a la madre de Gabi, que nos ha traído al aeropuerto. Ha ido a por el periódico y ya no volveremos a verla hasta dentro de una semana. Nos hemos equivocado de mostrador para facturar las bicis, somos los últimos en embarcar y en términos aeroportuarios no se aplica aquello de que los últimos serán los primeros en el reino de los cielos. Y ahora andamos a la carrera por la T4, gritando a la gente para que se aparte de nuestro camino, no por soberbia sino porque la fuerza de la inercia hace inevitable el atropello. ¿Cómo hemos llegado a esto?



    Cuatro meses antes, en marzo de 2011, estábamos sentados en la cocina de Gabi, desayunando. Hablábamos sobre programar las vacaciones de septiembre de aquel año. Gabi sólo tenía 12 días, ampliables un par de días más si se hacía un apaño con los días de asuntos propios y festivos trabajados. Pensamos en aquello que piensa todo ciudadano de a pie al menos una vez en su vida: hacer el Camino de Santiago. Sólo que, con tan poquitos días, no podríamos hacerlo andando, así que habría que hacerlo en bici. Total, sólo habría que comprar las bicis, las alforjas, ropa de ciclismo y, en mi caso, aprender a montar en bici. ¡Había tiempo de sobra hasta septiembre!



    También había que entrenar, prepararse para el viaje. Después de leer con entusiasmo los consejos de la página de Rodadas y de comprarnos un libro sobre el mantenimiento de la bici, nos sentíamos capaces de comernos el mundo. Nos fijamos una etapa de entrenamiento: ir con las alforjas cargadas desde nuestra casa, que entonces estaba en Las Rozas, hasta San Lorenzo del Escorial, donde vivía mi abuela. Eran 60 km de ida y vuelta, con un desnivel majete. Aún no hemos probado a hacerlo. En lugar de eso, cuando Gabi conseguía librar un día entero (trabajaba también los domingos), hacíamos rutillas por los alrededores, sin pasar de los 30 km. En cuanto a ir con alforjas, yo ni squiera llevaba. Pensábamos que con un solo par de alforjas del Deca, de las más baratas que había, íbamos tan bien. El único problema que tenían era que no eran impermeables, así que se nos ocurrió la chapuza del siglo: Gabi aprovechó que trabajaba en un centro de jardinería para poner sus conocimientos a disposición del cicloturismo, así que recortamos trozos de esa tela que se pone en los fondos de los estanques y con unos velcros nos forramos las alforjas, la tienda y los sacos de dormir. Y a rezar para que no cale.



    Al mismo tiempo que pensamos que deberíamos hacer una rutilla de varios días de duración antes de lanzarnos a la aventura del Camino salió una superoferta de Ryanair para viajar a Eindhoven (pronunciar Aindjófen, que si no, no te entienden), que no dejamos escapar. Empaquetamos las bicis de mala manera, preparamos el equipaje made in Decathlon y, después de ponernos cardíacos en Barajas, al fin tomamos el vuelo hacia Holanda el 17 de julio.



    Holanda es el destino perfecto para aquellos que deseen iniciarse en esto del cicloturismo. Es un país casi completamente llano, hay campings buenos y baratos por todo el territorio, la gente es muy amable y hay muchas cositas interesantes para visitar. Además, en verano no hace un calor abrasador. Más bien hace fresco. Y más bien, diluvia. Pasamos la semana entera en torno a los 10ºC y bien pasados por agua. Menos mal que aquella ñapa con la tela de estanque funcionó. Además, podíamos quitar los velcros y poner los círculos sobre el suelo de la tienda de campaña, y así quedaba impermeabilizada y con mejor aislante. Porque, a todo esto, depositamos tanta fe sobre el césped holandés que ni siquiera nos llevamos esterillas para dormir sobre blandito... Lo cierto es que nuestro equipamiento dejaba mucho que desear. El par de alforjas que llevaba Gabi se nos quedaba pequeño. Paseamos por toda Holanda y parte de Bélgica un hornillo de tamaño XXL que nunca llegamos a usar. Nuestros chubasqueros eran prendas de trabajo, es decir, rígidos, grandes y pesados. Como la comida no cabía en las alforjas, y no queríamos mezclar la ropa limpia con la sucia o mojada (que era lo mismo), lo metíamos todo en bolsas del Aldi y lo agarraba como podía en mi parrilla. Por si fuera poco, sólo nos llevamos un pulpo para agarrar todos esos bultos. Una mañana, en un camping, dimos tanta pena intentando colocar las cosas sobre la bici que un amable padre de familia holandés nos regaló un par de pulpos más. Le debemos la vida.



    Cuando llegamos a Eindhoven, las bicis no tardaron en aparecer y nos pusimos a montarlas allí mismo, para entretenimiento de los que esperaban sus vuelos en el aeropuerto. Afuera llovía. "Vaya, una nube", pensamos. Ya tenía que ser gorda la nube, ya. Duró toda la semana. El hecho de que la lluvia fuera constante implica dos cosas interrelacionadas: en primer lugar, que todo se moja; y en segundo lugar, y mucho más molesto, ¡es que no se seca! Con el paso de los días, la ropa y todo lo que tocábamos iba adquiriendo un cierto aroma a perro muerto mojado cuanto menos curioso. Creo que no le pareció tan gracioso a la mujer que se sentó a nuestro lado en el vuelo de vuelta. La pobre no sabía ya qué hacer: se pintó las uñas de manos y pies varias veces, se levantaba cada cinco minutos para ir al baño a echarse colonia, se sentó con las piernas apuntando al pasillo central, se levantó varias veces para recorrer el avión en busca de un lugar libre... ¡ilusa, en Ryanair sólo hay overbooking!



    Antes de salir habíamos trazado una ruta que en poco se parecía a lo que acabamos haciendo. Una gota fría de sudor recorre mi espalda cada vez que recuerdo Hertogenbosch. Vista la humildad de nuestro equipamiento creo que no hace falta decir que no llevábamos GPS. Con un mapa grande no, enorme, de Holanda, nos bastaba. Lo único que le fallaba es que no era tan detallado en los núcleos urbanos. Además, tardamos tres días en pillar el sistema de señalización de los carriles bici de Holanda. Lo que habíamos leído sobre los campings holandeses era verdad. Sólo nos falló el último día, precisamente cuando necesitábamos estar más descansados para coger el vuelo a las 8 de la mañana del día siguiente. Nuestro plan A era dormir en el aeropuerto, pero cuando llegamos allí y declaramos nuestra intención, la señorita de información nos contó que el aeropuerto cerraba por la noche. No pasaba nada, en el mapa habíamos apuntado que había un camping cerca del aeropuerto. Mentira cochina. Era una tienda de material de acampada, que no es lo mismo, pero tenían el mismo icono en google maps antes de salir de casa. Salimos en busca de un lugar donde plantar nuestra tienda, desechamos una pequeña ermita que, de todas maneras, también cerraba por la noche, fuimos y volvimos varias veces por la misma carretera y acabamos echándonos a un lado del camino, en medio de un bosque, después de 90 km de vagabundeo. Eso sí era mullidito.



    Con todo, recuerdo con muchísimo cariño aquella semana en la que no paré de dar guerra y quejarme. Los medios habían sido escasos. Las bicis de montaña, desproporcionadas para ir todo el rato por carril bici en un país llano. La comida, siempre fría. La ropa, no sabíamos si lavarla o purificarla en el fuego. Todavía no me explico cómo nos quedaron ganas de hacer el Camino de Santiago.


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